23 jul 2012

Culo de pato (I)

Patos buscando batracios en las aguas del Nemunas.
VOY a describir una escena que presencié hace tan sólo unos días. El protagonista es un estudiante de medicina libanés. Integrante de la numerosa caterva de musulmanes y jóvenes del tercer mundo que vienen a Kaunas para medio comprarse  el devaluado titulillo de medicina en una universidad de la zona. Y sin tener que pegar ni brote. Era una tarde soleada y hacía bastante calor. Lo que no es frecuente por acá en Lituania. El estudiante iba vestido como un musulmán modernillo. Con camisa rosa hortera ajustada al talle y unos pantalones vaqueros ceñidos. Y calzaba unas zapatillas deportivas de una conocida marca alemana. Se notaba a la legua que era un “kebab”. Así es como denominan en Lituania a los jóvenes musulmanes vestidos a la manera occidental. Llevaba una barba de cinco días cuidadosamente recortada y el pelo grasiento le brillaba de tanta gomina que se había untado. Tenía puestas unas Ray-Ban de imitación que se parecían a las que lucía el Stallone en "Rambo". O en "Rocky". Ahora mismo no me acuerdo bien. Las gafas de un policía corrupto. Era un tipo bajito, gordito, paticorto. Sin atractivo aparente alguno. Caminaba lentamente por una de las aceras que bordean Vytautas prospektas, una de las avenidas principales de Kaunas. Caminaba pavoneándose, por medio de la acera, sin ceder el paso a las señoras. Caminaba como si fuera el puto amo de la avenida. Cuando llegó a la altura de un gran parque que hay en el área, junto una parada de autobús, el tipo detuvo su paso, se quitó las gafas y empezó a mirar fijamente al cielo, como haciendo ver que buscaba la posición del sol. Entonces, ante los ojos atónitos de las señoras y las niñas que esperaban allá, se arrodilló en plena acera, alzando mucho el culo e inclinando la cabeza hasta casi tocar el pavimento con la boca y se estuvo allá unos minutos haciendo sus abluciones. Rezando a Allah o a su santa madre o a Dios sabe quién. En una arrogante, hipócrita y ridícula acción de proselitismo religioso. Una mujer mayor se lo miraba horrorizada y dijo algo que no llegué a entender bien. Un bomžas (vagabundo) apestando a degtine (el vodka lituano) soltó una carcajada y le espetó “eik najui!”. Que es un insulto terrible por aquí. Formado por el verbo “eiti” (ir) en modo imperativo y por una palabrota tomada prestada del idioma ruso y que podríamos traducir por “polla” en español estándar. O algo así. El bomžas tenía los dientes podridos e iba mamadísimo. Unas niñas que estaban allá observaban la escena con sumo interés. Embelesadas por los rezos a Allah y por el culo en pompa del devoto musulmán. Que sin duda se sentía observado. La Meca se ubica justo en la dirección opuesta al culo de un musulmán mientras ora. Era lo que pensaba yo que me encontraba allí mismo. En la parada de autobús mirando las evoluciones del fiel mahometano. Tras un par de minutos de abluciones y de exhibición de trasero el tipo puso fin a su plegaria. Se levantó del suelo, se limpió las manos con un kleenex que sacó de un bolsillo de sus ceñidos pantalones vaqueros, se ajustó un poco la camisa rosa que llevaba puesta y se volvió a poner las gafas de sol de policía corrupto. Acto seguido le soltó una sonrisa a las niñas que había en la parada de autobús y empezó a darles conversación. Con el propósito, apenas disimulado, de sacarle el número de móvil, el facebook, el skype o lo que fuera a alguna de ellas. La escena que he descrito es cierta. Tal vez el tipo en cuestión no llevaba gafas. Y quizás el bomžas no le dijo “eik najui”. Pero les aseguro que las cosas se desarrollaron más o menos tal como las he descrito aquí. Yo mismo estaba allá en la parada de autobús. Y conozco al personaje en cuestión porque me lo he encontrado en numerosas ocasiones en los clubs de Kaunas que suelo frecuentar. Bebiendo, fumando y “pillando” tal como prescriben los sagrados versículos coránicos. Y dilapidando el dinero que le transfieren los padres desde su Beirut natal. Todo lo que he escrito aquí suena un tanto islamofóbico. Y del todo inapropiado en estos días en que la comunidad musulmana recién empieza el Ramadán. Pero esa es una impresión errónea porque hubiese escrito algo parecido si me hubiese topado allá, en una de las paradas de autobuses más concurridas de Kaunas, a un devoto católico o a un practicante del judaísmo alardeando de su fe frente a un grupo de pacíficos ciudadanos que lo único que pretendíamos era tomar el troley de vuelta a casa, tras un largo, duro y agotador día de trabajo. Creo que la espiritualidad, como el sexo, la defecación o la muerte, como actividades irracionales que son, deberían practicarse exclusivamente en la intimidad y en espacios cerrados. Un templo de cualquier fe, un lavabo bien alicatado con su inodoro y su cisterna, la casa de citas de la esquina y el camposanto. A mi no me interesa demasiado tu profeta, coleguilla. Ni tu culo. Ni la Meca. Ni que exhibas tu fe rechazando comer carne de cerdo o ayunando desde que amanece hasta que se pone el sol cuando llega el Ramadán. Ni que pretendas desposarte con una o varias vírgenes. Ni que te la machaques más que un mono de feria mientras llega el anhelado momento de tus nupcias con una niña apenas púber. Que te fuera prometida nada más nacer. Ni que te vengas para Lituania con el firme propósito de meterla en caliente mientras tu prometida te espera en tu país de origen. Tú no eres mejor ni peor que nadie por esos rituales que practicas y que tú mismo te has auto-impuesto. Si tengo que elegir profeta, yo elijo a Yoda de Star Wars. Un enano verde, bajito y con largos pelos en las orejas. Maestro consumado en el manejo de la espada láser y capaz de levitar. Un profeta tartamudo, jorobado y alopécico. Y de edad, orientación sexual y origen étnico indefinidos. Pero lleno de sabiduría e iluminación infinita. Que mola más, desde luego, que el camellero medio analfabeto de Medina. Y tan bueno como cualquier otro de los profetas habidos y por haber. Yoda, por cierto, es una revisitación galáctica del mítico filósofo chino Lao-Tse. Quien diera origen al taoísmo. Esa originalísima vía natural de autoconocimiento que sirve para canalizar la espiritualidad humana y que, al menos en su concepción original, no tiene Dios, ni monjes, ni rituales, ni templos. Ni santos, ni Papas, ni curas pederastas. Ni guerras religiosas. Ni bandas de mercenarios barbudos gritando Allah Agbar!. Al servicio de los intereses occidentales. Y ametrallando cualquier escuela en Siria, Libia, Chechenia o Afganistán. Y ya puestos a elegir fe me declaro ahora mismo taoísta post-moderno. Seguro que si todos los días me fuera a la parada de autobús de Vytautas prospektas a orar con la foto de Yoda colgada al cuello y a hacer mis ejercicios espirituales con la espada láser en ristre la gente se reiría de mi. O me tomarían por loco de atar. Y probablemente tendría que pagar las 50 litas de rigor para “untar” a los agentes de la policía lituana del turno de la tarde que patrullan la zona. Para que me permitiesen continuar con mis inofensivos rituales Jedi. Y nadie los acusaría, a ninguno de ellos, de yodafóbicos e intolerantes. ¿Por qué entonces no puedo yo hacer guasa con las plegarias de un “cutrillo” musulmán libanés, de un judío sionista circuncidado y dispuesto a morir (y sobre todo a matar) por Israel, de un católico apostólico romano que mortifica su carne con el cilicio, de un raelino medio tronado y armado hasta los dientes, o de un militante lobotomizado de la Iglesia de la Cienciología que prepara el advenimiento de la invasión de los ultracuerpos? Y es que, llegados a este punto, casi le tengo que dar la razón a un profesor cachondo que tuve en el colegio de primaria. Un profe medio anarquista que nos daba siempre la monserga con Malatesta, Durruti, Kropotkin y otros insignes prebostes del santoral anarquista. Dios no existe y Allah menos todavía. Esos nos decía. Probablemente el hombre se habrá retirado ya. Y si no lo ha hecho seguro que habrá tenido que adaptar su discurso al credo multicultural que se ha impuesto en las aulas españolas y en casi todos lados.
(sigue)

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Culo de pato (II)

(viene del post anterior)
Patos en el Nemunas. Mostrando el culo.
El multiculturalismo, esa nueva forma de totalitarismo soft promovido por las élites para imponer el mercado único global y universalizar los valores de la civilización occidental. Para universalizar la ideología del “libre mercado”. Creando al nuevo ciudadano romano multirracial, ecléctico, polimorfo, mediocre, hedonista. Y medio de la acera de enfrente. Que dice ser amigo de las ballenas, de las focas monje y de los niños. Y de todo lo políticamente correcto. El perfecto meritócrata. El repugnante oportunista rastrero, partícipe y cómplice de la monstruosa pesadilla en la que vivimos. Un individuo adocenado, homogeneizado, idiotizado. Blando, sin sangre. Adaptativo. Egoísta. Que no se cuestiona nada. Que no protesta. Obsesionado solamente con el ascenso social y el triunfo personal. Y dispuesto a metértela por detrás a la primera de cambio. El multiculturalismo, esa perniciosa ideología que consigue integrar definitivamente en el Imperio a las culturas alógenas y a las minorías. Desactivando el potencial antagonista de la diferencia. Transformando al diferente en “trepa”. Eso mismo hizo el Imperio Romano en la etapa final de su largo período de decadencia. Convirtiendo el cristianismo (hoy sería la democracia y los derechos humanos), que durante siglos había sido duramente perseguido, en ideología oficial del Imperio. Legitimadora del poder terrenal del Emperador. Y concediendo la ciudadanía romana a los otrora esclavos. Y elevando a las más altas magistraturas del Imperio a individuos procedentes de la periferia y de las clases subalternas. A emperadores como Obama-Trajano. Que llegaron a ser tanto o más crueles y despiadados que los “auténticos” romanos de pura cepa. El objetivo último del multiculturalismo es transformar a los esclavos en Tiger Woods. Con sus politos Burberry, sus palos de golf y su desaforada adición al sexo bizarro e interracial. Metiendo las pelotitas en todos los agujeros del green como hacen los blancos con "pasta". Hacer que los explotados y miserables del mundo se identifiquen con él. Y quieran ser como él y no como Mumia Abu-Jamal o Malcolm X. Por traer aquí a conocidos ejemplos procedentes de la iconografía popular afroamericana. Y eliminar definitivamente el virus de rebelión de la conciencia de los excluidos por el sistema de explotación capitalista. Colonizando la conciencia misma de los miserables. Para que no quieran ser como Espartaco sino como César. Hacer que los patos quieran ser cisnes. Que los negros quieran ser blancos. Que el obrero quiera ser patrón. El viejo cuento chino del patito feo reactualizado. “Allah la tiene grande y Mahoma toma anfetas”. Que decía una pintada punk en un muro de una fábrica cerrada tras la crisis del textil de los años ochenta. En el arrabal obrero donde me crié yo. En algún punto indefinido de la decadente geografía industrial catalana. En el denominado “cinturón rojo” de la muy olímpica, multicultural, gay-friendly, enrollada y superguay ciudad de Barcelona. La ciudad condal, el ombligo del mundo. Donde se atan los perros con longanizas. La pintada, por cierto, fue borrada con una gruesa capa de pintura gris por las brigadas municipales. Que ejercían de censoras a sueldo del alcalde “sociata” de turno. Censoras al servicio del pensamiento único. Pertrechadas de cubos, escobas, brochas y pintura. En cruzada desigual en defensa de la democracia y de los sacrosantos valores de la nueva civilización multicultural. Y del Imperio Romano de Oriente. En su versión 2.0. En una sociedad de clases, la ideología dominante es aquella de la clase dominante. O algo así decía Karl Marx en algún lado.

Historia de las fotografías: Las fotografias que subo aquí las tomé yo mismo en la ribera del río Nemunas. En una playita que suelo frecuentar cuando hace sol. En el Panemunes parkas. Un parque enorme ubicado no muy lejos del barrio donde vivo. Una zona a la que se llega cruzando el Trijų Mergelių tiltas, o puente de las tres vírgenes. El puente más alto de Kaunas. Un puente sobrio, sin adornos. Construido en tiempos de la Unión Soviética. Y que pide a gritos una mano de pintura urgente y que alguien se acuerde de regresarle las farolas que en su día tuvo. En ese parque, por cierto, tiene su casa nada menos que el mismísimo Rimas Kurtinaitis. Leyenda viva del baloncesto lituano. Pues bien, las fotos que subo al post las tomé muy cerca de la base del puente. Un área donde suelen congregarse todo tipo de aves fluviales. Principalmente patos, cisnes y gaviotas de río. A la caza de peces, ranas e insectos. Y de las migas de pan que les lanzan los bañistas y turistas ocasionales. En las fotografías puede apreciarse unos patos que se zambullían buscando algo con que llenar el buche. Agachando el pescuezo hasta meterlo en el agua. Y alzando el culo. Como si estuvieran rezando a un dios subacuático. Rezando al río Nemunas y buscando batracios que engullir.
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11 abr 2012

Regarde le ciel (y III)


Tomada de un muro frente a La Sorbonne. Marzo de 2012.
Aproveché mi estancia en París, claro, para darme un garbeo por la ciudad. El tiempo en París era simplemente magnífico e invitaba a perderse por las innumerables callejuelas de St Germain-des-Prés y del Quartier Latin. Y a sentir sobre la piel los colores, sonidos, olores y sabores de París en le Printemps. Primavera en París. Nada creo que pueda compararse a eso. Apetecía un montón patearse las calles y evitar en lo posible tomar el metro o el omnibús. Deambular sin rumbo fijo por rincones totalmente desconocidos y sentirse nuevamente extranjero. Y pasearse sensualmente entre la gente como hacía Meursault en el célebre roman “L’étranger” de Camus. Percibiendo la realidad de una forma sensual. Como hacen los animales. Y caminar de un sitio para otro siguiendo el instinto. Orientándose por la posición del sol en el cielo. Cruzando ese prodigioso laberinto de puentes, jardines, boulevares y plazas que es la ciudad de París. Y hojear los libros de segunda mano que se exhibían en los innumerables puestos ambulantes del Quai de Montebello, con la celebérrima catedral de Notre-Dame y el rumor apagado de las aguas del Sena de fondo. Debo decir que todo en París hace bueno el refrán. Y que París bien vale una misa. O dos misas. O un ojo de la cara. Porque todo en París resulta excesivamente caro. Por una cervecita en cualquier garito de medio pelo te clavan cinco euros como mínimo. Aunque en las calles aledañas al Bois de Boulogne pueden encontrarse sitios para comer y beber un poco más económicos. Mi visita a París sirvió también para encontrarme con Alisa, mi ex-novia rusa de Riga. Que vive desde hace años en la capital francesa. Le rendez-vous se produjo en la pequeña iglesia de St. Roc, cercana al Jardin des Tuileries, iglesia que es famosa por ser la escogida por muchas celebrities parisinas para casarse, morirse o bautizar a los hijos. Yves-Saint Laurent, según me contó Alisa, que está muy puesta en estos temas, fue bautizado allá. Vi a Alisa un tanto desmejorada. Han pasado ya diez años desde que estuvimos liados. Y el tiempo no pasa en balde ni siquiera para ella, la chica más guapa del mundo. Alisa, como auténtica rusa que aspira a la realeza, ha vivido deprisa y se ha quemado muy pronto. Se casó ya dos veces y tuvo una hija cuando tenía tan sólo veinte años. En París ha llevado una vida alocada y promiscua. Con mucho sexo, bastante alcohol y algunas drogas. Y con dos cajetillas de Marlboro mentolado por día. Con dieciocho años, la edad que tenía ella cuando fue mi novia, la niña ya apuntaba maneras. Fumaba, bebía y follaba a tope. Y eso avejenta a cualquier mujer prematuramente. Sobre todo si se sigue abusando de todo cuando como ella ya se está parida. Sólo espero no tener que rescatarla algún día del Bois de Vincennes donde dicen que van a parar las putas baratas. La cloaca de la ciudad Lumière, donde acaban los sueños de los ángeles caídos. El encuentro con Alisa no se prolongó por mucho tiempo. Apenas una hora y media porque ella debía volver a la galería de arte donde dijo que trabajaba. Nos tomamos unos vinos y un poco de queso en una brasserie cercana a la iglesia de St. Roc. Treinta euritos del ala que, como es obvio, tuve que apoquinar yo. Porque soy antes caballero que catalán. Y porque la mujer que tenía frente a mí, enmascarada tras unas gafas de sol de Gucci, había sido el enésimo amor eterno de mi vida. Ahora era simplemente una mujer cualquiera a la que apenas conocía ya. Parapetada tras unas enormes gafas de sol que no me dejaron nunca ver sus ojos ambarinos. Que intuía cansados, apagados, sin el brillo de ninguna ilusión. Siempre nos quedará París, que decía Bogart en "Casablanca". Y de hecho hemos acordado una nueva rendez-vous en la misma iglesia de St. Roc para el año que viene. Porque ya me han confirmado que la próxima primavera me quieren ver nuevamente en La Défense. Según parece, mis estudiantes me dieron una muy alta puntuación en la encuesta que pasaron a posteriori para valorar a los profesores visitantes. Supongo que todos ellos quedaron impresionados con mi puesta en escena. En la que incluí el cortometraje surrealista de Buñuel y Dalí “Un chien Andalou”, unos poemas extraídos del Tao-Te-Ching de Lao-Tse, y un vaso de vidrio que tomé prestado de mi hotel y que llené de agua y estrellé contra el suelo. Los estudiantes acabaron por aplaudirme y todo. Al fin de cuentas, el tema que escogí para mis clases, la creatividad, se prestaba a este tipo de shows. Un tema que le venía como anillo al dedo a un tipo como yo. Un tipo sin conocimientos sólidos en nada. Y con una marcada tendencia al histrionismo y a la barraganada. Alguien muy distinto al hiperdiplomado, encorbatado, estirado, eficiente y frío meritócrata al que seguramente estaban acostumbrados a tener como profesor. En un centro universitario elitista y ultramoderno, ubicado en el centro financiero de París, y que parecía un búnker. Con un montón de cámaras y guardias de seguridad por todos lados. Y en donde casi cada puerta debía abrirse mediante una tarjeta de seguridad con un código de barras impreso. Un centro que tenía más alma de cárcel que de institución abierta al saber y a la ciudadanía. Que es lo que pienso que debería ser una universidad. “Ne obliez pas de regarder le ciel!” Les dije al final a mis estudiantes antes de despedirme de ellos. Y aunque yo hable francés como una vache spagnole, creo que me entendieron.

(“Regarde le ciel”. Escrito redactado entre el 8 y el 10 de abril del año 2012)

Historia de la fotografía: Subo una fotografía tomada por mí mismo en París. Con mi funcional camarita de todo a cien. Frente a la entrada del edificio principal de la sacrosanta universidad de La Sorbonne. En el célebre Quartier Latin. En la fotografía aparece un sencillo graffiti que alguien hizo frente al Rectorado de La Sorbonne. Probablemente un nostálgico del mayo del 68. O bien pudiera tratarse también de un estudiante enamorado de alguna de las jeunes-filles empleadas en la prestigiosa librería “Gallimard” .Ubicada en la misma calle de La Sorbonne, a pocos metros de allá. O quizás, quién sabe, fuera una malévola estrategia comercial pergeñada por las tiendas y restaurantes de la zona para atraer a incautos turistas como yo. Y hacerles pagar cinco euros por un bocadillo de “Nutella”. Porque mucho "fromage' y mucho "foie gras". Y mucho Bourdeaux y mucho Dom Pérignon. Y mucho "escargots aux fines herbes" y mucho "côtelette de mouton", pero resulta que al final lo que de verdad les mola a los gabachos es el bocata de Nocilla. Que se anuncia en casi todos los bares, cafés y brasseries parisinos. A entre tres y cinco euros la rebanada. Chaque fou sa marotte.
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Regarde le ciel (II)


Reprenons La Bastille!
ESTA es la cuarta vez que estoy en París. Aunque en esta ocasión las circunstancias que me han llevado a la Ville-Lumière ha sido bien distintas. Las otras tres veces visité la ciudad como miembro de los Col.lectius de Joves Comunistes. La juventud comunista del Partit dels Comunistes de Catalunya. De eso hace ya unos cuantos años. Ahora lo he hecho como profesor de creatividad e innovación para un centro universitario de élite. ¡Las vueltas que da la vida! Pensándolo bien yo no he cambiado ni un ápice. Quizás tengo ahora menos pelo que entonces. Y me salió un poco de barriguita. Aunque casi no se me nota. Por lo demás sigo queriendo cambiar el mundo. Y mantengo intacta mi afición por la cerveza fría y las veinteañeras calientes. Factores, ambos, de los que ando sobradamente servido aquí en Lituania. Y, tal vez porque recibí educación de un grupo de Padres Escolapios cercanos a la Teología de la Liberación, todavía creo en la acción colectiva para mejorar la comunidad en la que vivo. Y siento compasión por el prójimo al que intento ayudar en la medida de mis posibilidades. Y evito escrupulosamente tener a nadie bajo mis sandalias. Mis ex-camaradas creo que cambiaron más que yo. Porque el PCC de “organización de vanguardia de la clase obrera” ha pasado a convertirse, en aras del realismo político, en un partido como otro cualquiera. Un partido sistémico que quedó integrado en esa amalgama de siglas que se denomina ahora IV-EUiA o algo así. Mi antiguos camaradas han estado, durante unos cuantos años, muy ocupados mojando del huevo en la Generalitat de Catalunya, dando apoyo al gobierno del ya ex-President José Montilla. Ese aparatchick socialista del 3% de comisión. Catalán de pura cepa él. Los antiguos pro-soviéticos formando parte de esa abigarrada coalición de políticos regionales gesticuladores que se denominó "tripartito". Esa especie de crema catalana dulzona que llegó a sintetizar al hijo pijeras de la gauche-divine de Sarriá-San Gervasi con el ex-obrero funcionario del sindicato de clase y el líder vecinal procedente de la inmigración y en la nómina de alguna empresa municipal de la “segunda corona” de Barcelona. Un experimento culinario que sirvió para bien poco. Para aprobar Estatuts insustanciales, prohibir la fiesta de los toros y, claro está, para llenar los bolsillos de algunos. Con los Mossos d’Esquadra comandados por esa excrecencia del Mayo francés, el compañero y ex-conseller Joan Saura, abriéndole la cabeza a los “guarros” (utilizo aquí el calificativo que las fuerzas del orden españolas brinda a los estudiantes protestones, precarios, sin papeles y señoras mayores indignadas). ¡Vivir para ver! Que decía Lenin. A los hombres y organizaciones políticas hay que valorarlos por lo que hacen y no por lo que dicen que hacen. O algo así decía Karl Marx en algún lado. El partido en cuestión montaba un autocar desde Barcelona todos los meses de septiembre, más o menos después de la Diada de Catalunya. Supongo que todavía lo hace. Aunque no estoy del todo seguro porque hace tiempo que les he perdido la pista. Y desplazaba allá a un grupo de militantes para participar en los stands internacionales de la Fête de l'Humanité, la fiesta del Partido Comunista Francés. La fiesta de l’Humanité se celebraba, y todavía se celebra, en el Parque de La Courneuve, en la ciudad dormitorio de Saint Denis. Histórico feudo del PCF. Allá nos metíamos los jóvenes comunistas catalanes. Alojados en grandes carpas de lona. Y compartiendo fiesta, comida, bebida y jodienda con jóvenes izquierdistas venidos de todo el mundo. Las condiciones de vida en la fiesta de L’Humanité eran bastante precarias. Dormíamos en sacos de dormir. Nos duchábamos en bañador (o bikini las chicas) utilizando unas duchas montadas al aire libre. Unas duchas con agua fría. Meábamos en las letrinas montadas por los camaradas del PCF y para las aguas mayores al menos yo utilizaba los lavabos de las brasseries que se encontraban fuera del recinto de la fiesta. Otros creo que utilizaban las letrinas comunistas. Yo por entonces tenía apenas veinte años. Y todavía recuerdo con simpatía las ceremonias de cierre de la Fiesta de l’Humanité cuando, tras el discurso del Secretario General del Partido, la multitud allá congregada se ponía a cantar, puño en alto, el himno de la Internacional. “¡Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión….!”. Todos unidos allá en comunión, como rezando. Cantando juntos, casi como si nos encontrásemos en el coro de una iglesia, con el camarada Secretario General oficiando la ceremonia. Rezando en casi todos los idiomas del mundo. La Internacional, ese himno ateo de los explotados y excluidos por el capitalismo salvaje e inhumano. Aquellas salidas a París abrieron, de alguna manera, el camino en el que me encuentro ahora. El gusto por vivir expatriado. El gusto de ser y sentirme extranjero en todos lados. De ser y sentirme ciudadano libre del mundo. Alguien que ha encontrado lejos de casa algo que en cierto modo se aproxima a la felicidad.

Historia de la fotografía: La foto que subo a este post la tomé en alguna de las callejuelas del Quartier Latin. Se trata de unos carteles electorales que estaban pegados en un muro de un edificio donde se albergaba una asociación de estudiantes. Un edificio cercano al Boulevard Saint Michel si mal no recuerdo. Son unos carteles electorales del Front de Gauche, coalición electoral liderada por Jean-Luc Mélenchon. Una formación política que ha conseguido agrupar casi a todos los grupos de la izquierda anticapitalista francesa bajo una misma bandera. Les deseo un enorme éxito en las próximas elecciones presidenciales. Las encuestas le dan al Front de Gauche un muy buen resultado. Entorno al 15% de los votos. Probablemente Mélenchon no consiga desbancar del segundo puesto al candidato socialista, François Hollande. Y por tanto no estará compitiendo en la segunda vuelta por la Presidencia de la República contra Nicolás Sarkozy. Ese pequeño imitador de Napoleón Bonaparte, ávido de celebridad y de poder, y con las manos manchadas en sangre. Un personaje infame que debería ser juzgado por criminal de guerra por el tribunal de los pueblos. Y que, sin duda, será condenado por la historia por lo que es. Un auténtico canalla. El peor Presidente que ha tenido Francia en siglos. Por las noches cuando llegaba a mi hotel solía chuparme los noticiarios franceses. Y, a parte de referirse a los luctuosos hechos de Tolouse, las noticias también se hacían eco de la “retoma de la Bastilla” organizada por Mélenchon. Y del imparable ascenso de su coalición en todos los sondeos electorales. Mélenchon es un tipo carismático y mordaz que ha sabido conectar sobre todo con la juventud. Esa juventud francesa a la que también empieza a dársele el calificativo de “generación perdida”. Calificativo que hasta hace poco se reservaba casi exclusivamente para estigmatizar a los jóvenes españoles, italianos o griegos. Aunque Mélenchon no pase a la segunda ronda está claro que un buen resultado del Front de Gauche tendrá un impacto en toda Francia. De hecho las cosas van a cambiar, y mucho, en el panorama internacional. Porque con la más que previsible desaparición de Sarkozy, el eje ultraconservador europeo París-Berlín-Frankfurt-Londres quedará profundamente tocado. François Hollande no es, desde luego, santo de mi devoción. Pero con un Front de Gauche con buenos resultados, con el liderazgo fuerte y entusiasmante de Mélenchon, está claro que el candidato socialista se verá forzado a girar a la izquierda si quiere hacerse con la Presidencia de la República. Si Francia estornuda toda Europa pilla un constipado. O algo así leí en algún sitio una vez. Y parece que los “mercados” dan signos de nerviosismo ante el pronóstico de las encuestas electorales en Francia. A Sarkozy le queda poco tiempo para sacar los "Mirages" y bombardear Damasco. Y ya veremos cómo se desarrollan todavía los acontecimientos en Libia, sobre todo si los “asesores” y servicios secretos franceses se retiran de ese martirizado país. Reprenons La Bastille! Ecrasons l’infame! ¡Arriba Mélenchon!
 
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Regarde le ciel (I)

El dedo de La Défense 
APROVECHO este frío y nublado domingo de Pascua para actualizar mis cartas. Que las tengo nuevamente en estado de coma terminal. Son las ocho de la mañana. Como todos los domingos, he puesto la tele para ver las noticias y los programas infantiles de TV5 Monde. Porque los domingos me gusta desayunarme en francés. Me he preparado un sencillo y saludable petit déjeuner a base de panecillos con semillas de sésamo, requesón fresco desmenuzado (liesa varškės en lituano) de la marca “Vaquita verde” (Žaloji karvutė) y miel natural recolectada por el apicultor Vytis Garbauskas. Un producto que viene empaquetado en sencillas tarrinas de plástico y que sólo se comercializa en puestos ambulantes y pequeñas tiendas de Kaunas. Y en el supermercado de la cadena Šilas que tengo a pocos metros de casa. Una miel tan natural que a veces si se le acerca la oreja a la tapa puede escucharse el zumbido de las abejas dentro. También, claro está, me he preparado un café fuerte en mi vieja cafetera moka. Que adquirí nada más llegar a Kaunas. De eso hará ahora ya casi cinco años. Por las mañanas necesito un buen chute de cafeína para poder funcionar. Tengo tras de mí, mientras escribo esta carta, a mi negra “Matilda”. El bajo eléctrico, negro como el azabache, que compré hace dos años cuando volví de dar unos cursos en Sao Paolo y Río de Janeiro. Unos cursos de marketing para tipos ricos y privilegiados y por los que me pagaron un pastón de la releche. Además, claro está, del vuelo entre Vilnius y Sao Paolo en business class y dos hotelazos de cinco estrellas. Uno de ellos frente a la mismísima playa de Copa Cabana. Una experiencia que tú, querido lector, probablemente no podrás permitirte nunca en tu vida. Sobre todo si me sigues desde España. Ese vertedero de parados, subvencionados de distinto tipo y aspirantes a poner estampillas en alguna de las numerosas y sobredimensionadas administraciones públicas que coexisten en el Reino de Taifas. Pues bien, le puse el nombre de “Matilda” a mi bajo eléctrico en honor a una divertida cancioncita del gran artista y activista político americano Harry Belafonte. El rey del Calypso. Matilda, la chica que “takes my money and runs Venezuela”. Una mala chica, sin duda. El bajo me lo compré con el asesoramiento de Charly, mi amigo de correrías ecuatoriano. Que vive como yo aquí en Kaunas desde hace cinco años. Amigo de aventuras y desventuras. Y con el que me voy a chelear frecuentemente. Un tipo especial este Charly. Un auténtico “filósofo de la mujer”, como él mismo gusta definirse. Un día debería contar su historia. Llena de sustancia y especias como la sabrosa comida ecuatoriana que cocina. Aquel curso que hice en Brasil me representó un montón de cash en el bolsillo. Y, bueno, yo soy así. Como hijo de familia de clase obrera, criado en un suburbio situado en el cinturón “rojo” de Barcelona aprendí a vivir con poco. Y a moderar el gasto. Sin embargo, tal vez porque llevo sangre andaluza en las venas, a veces me da el subidón y gasto sin ton ni son. Y tiro el dinero por la ventana. Me compré a Matilda para cumplir uno de mis sueños de adolescente carente de recursos. Comprarme un bajo chingón. Para emular a Fermín Muguruza. El de los míticos Kortatu. Me fui con mi amigo Charly a la tienda de instrumentos musicales más pija de Kaunas. Y estuvimos allá un par de horas probando un montón de bajos y amplis. De hecho quien los probaba era mi amigo ecuatoriano. Que sabe tocar la guitarra. Y es capaz también de sacarle varios acordes al bajo. Al final nos decidimos por el instrumento que me compré. Porque es un bajo ligero, discreto, elegante, bien facturado. A Matilda la vestí nada menos que con un auténtico cinturón fabricado en piel de la marca Harley-Davidson. “Lo importante es el cinturón”-me dijo mi migo Charly- “A las viejas lo que les impresiona no es la guitarra en sí misma sino lo que la adorna”. Ya he dicho que Charly es todo un filósofo de la mujer. Así que seguí su sabio consejo de consumado maestro en el arte de la seducción y también me compré el cinturón Harley-Davidson. Y el mejor amplificador para bajos que tenían. Me gasté un pastón en cumplir mi viejo sueño. Ahora sólo hace falta que aprenda a tocar el bajo, claro. Lo que no es moco de pavo. Porque no tengo ni tiempo, ni motivación ni demasiadas ganas de aprender a tocarlo. Lo que hago, mientras tanto, es sacarle el polvo de vez en cuando a Matilda. Aunque a veces me da por darles la tabarra a los vecinos y la enchufo al ampli. Y por unos momentos parece que soy el mismísimo Ringo Starr, batería de los Beatles, tocando el bajo. Peor imposible. A veces he utilizado a Matilda en alguna “performance” callejera. O la he llevado a alguna fiesta organizada por la universidad para la que trabajo. Pero se trata más bien de una payasada lo que hago yo. Porque ya digo que no tengo ni idea. También, cuando llega el sol y el calorcito, a veces he sacado a Matilda a la calle, bien protegida en su funda negra. Para ver la reacción de la gente. Se trata de hecho de una especie de experimento sociológico que busca entender por qué la gente valora tanto la apariencia de las cosas. Pasearse con el bajo al hombro por Laisvės aleja, la principal vía peatonal de Kaunas, cuando hace sol y buen tiempo es simplemente una gozada. Es como tener un I-pad, o un I-pod, o un I-phone o un I-diot. O algo así. Algo que confiere status y que atrae la atención del sexo opuesto. Y que genera envidia y frustración entre los competidores en el duro y difícil mercado del amor. Un tonto ejercicio de vanidad que, sin embargo, he hecho de forma consciente con el propósito de evaluar hasta qué punto los fundamentos mismos de la ciencia del marketing son o no correctos. Lo importante no es que sepas tocar el bajo. Sino que tengas un bajo y te pavonees con él como si fueras el mismísimo Charles Mingus. Lo importante no es que sepas escribir. Sino tener un I-pad o un I-diot con Wi-fi y poner cara de intelectual mientras se hace ver que se escribe algo interesante. Mientras se toma un capuccino en Starbucks o en Vero Café (una cadena de café muy popular por aquí). Nadie reparará en las faltas de ortografías. Ni en que apenas has leído un puto libro en tu triste vida de abecedeto funcional. Lo importante no es que sepas la tabla de multiplicar, o la o con un canuto o dónde se encuentra el húmero. Lo que cuenta en esta sociedad de la apariencia es tener un diploma para colgar en la pared estampillado por una universidad de relumbrón. El instrumento que no se sabe tocar, el I-diot del tipo que no sabe escribir ni leer bien, el diplomilla de médico “comprado” con el dinero de los papás en una universidad privada (o en una universidad del Este de Europa) son elementos que confieren status a quienes los poseen. Luego la vida suele colocar a cada uno en el sitio que probablemente merece. Desde luego a mí nunca me colocará sobre un escenario haciendo de telonero de los Rolling Stones. Por mucho bajo y mucho cinturón “Harley Davidson” que tenga.

La vida me colocó a mí hace unos días nada menos que en París. Porque yo lo valgo, como decía uno de los anuncios de un conocido bálsamo para el pelo. Me fui para allá para dar unas clases sobre innovación y creatividad en una de las escuelas universitarias de management más elitistas de Francia. Todo pagado, claro. Incluido el hotel de lujo en los Champs-Élysées. Pagado con tu dinero. Con el dinero del sufrido contribuyente europeo. La semanita que me raspé en la capital francesa estaba financiada con distintos fondos comunitarios. Y bueno, ya me tenéis allá en La Défense, en el desmesurado e hipertecnológico clúster de los negocios, las finanzas y la innovación de París degustando toda suerte de vinos y de quesos franceses a vuestra costa. Mis queridos y sufridos seguidores. Y codeándome con un selecto grupo de profesores venidos de todas partes del mundo. Entre los que se encontraba nada menos que un tataranieto del genial escritor norteamericano Edgar Allan Poe. Un profesor que tiene el mismo nombre que su insigne pariente y que trabaja en una universidad de Louisiana. Una universidad que, según me contó, fue creada para favorecer el acceso de la población negra a la educación superior. Y a la que me invitó a ir. Un tipo con el que hice buenas migas. Y con el que tomé unas (muchas) botellas de excelentes Bourdeaux. Su tatarabuelo le metía al vino y al láudano. Y casi a todo según creo. Nosotros claro, sólo bebimos vino. Porque el láudano no entraba en el menú. Y no tenía financiación comunitaria.

Historia de la fotografía: La fotografía que incluyo en este post tiene poca historia. Se trata de una enorme figura fálica en bronce que representa el dedo pulgar. O el dedo índice. O algo que por pudor no nombro aquí. Una estatua que se encuentra ubicada en pleno centro del clúster financiero y tecnológico de La Défense. Una estatua que es como un símbolo de poder. El complejo de La Defénse se halla ubicado fuera de los arrondissements del París histórico. Cruzando el Pont de Neully en dirección a Nanterre. Yo me desplazaba allá en metro. Pero en un par de ocasiones me di la pateada porque quería ver la zona. Se tarda unos cincuenta minutos en cubrir a pie la distancia entre La Defénse y el Arch de Triomphe. Y decididamente vale la pena. Generalmente esta zona queda fuera de los circuitos “oficiales” de los tour-operadores. Pero, desde mi punto de vista, la zona merece una visita. Una visita a La Defénse y a la ciudad dormitorio de Saint-Denis. Lo recomiendo para quienes quieran conocer algo distinto al París-museo de las postales. Que para eso ya tenemos las postales. Digo yo.

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