11 abr 2012

Regarde le ciel (y III)


Tomada de un muro frente a La Sorbonne. Marzo de 2012.
Aproveché mi estancia en París, claro, para darme un garbeo por la ciudad. El tiempo en París era simplemente magnífico e invitaba a perderse por las innumerables callejuelas de St Germain-des-Prés y del Quartier Latin. Y a sentir sobre la piel los colores, sonidos, olores y sabores de París en le Printemps. Primavera en París. Nada creo que pueda compararse a eso. Apetecía un montón patearse las calles y evitar en lo posible tomar el metro o el omnibús. Deambular sin rumbo fijo por rincones totalmente desconocidos y sentirse nuevamente extranjero. Y pasearse sensualmente entre la gente como hacía Meursault en el célebre roman “L’étranger” de Camus. Percibiendo la realidad de una forma sensual. Como hacen los animales. Y caminar de un sitio para otro siguiendo el instinto. Orientándose por la posición del sol en el cielo. Cruzando ese prodigioso laberinto de puentes, jardines, boulevares y plazas que es la ciudad de París. Y hojear los libros de segunda mano que se exhibían en los innumerables puestos ambulantes del Quai de Montebello, con la celebérrima catedral de Notre-Dame y el rumor apagado de las aguas del Sena de fondo. Debo decir que todo en París hace bueno el refrán. Y que París bien vale una misa. O dos misas. O un ojo de la cara. Porque todo en París resulta excesivamente caro. Por una cervecita en cualquier garito de medio pelo te clavan cinco euros como mínimo. Aunque en las calles aledañas al Bois de Boulogne pueden encontrarse sitios para comer y beber un poco más económicos. Mi visita a París sirvió también para encontrarme con Alisa, mi ex-novia rusa de Riga. Que vive desde hace años en la capital francesa. Le rendez-vous se produjo en la pequeña iglesia de St. Roc, cercana al Jardin des Tuileries, iglesia que es famosa por ser la escogida por muchas celebrities parisinas para casarse, morirse o bautizar a los hijos. Yves-Saint Laurent, según me contó Alisa, que está muy puesta en estos temas, fue bautizado allá. Vi a Alisa un tanto desmejorada. Han pasado ya diez años desde que estuvimos liados. Y el tiempo no pasa en balde ni siquiera para ella, la chica más guapa del mundo. Alisa, como auténtica rusa que aspira a la realeza, ha vivido deprisa y se ha quemado muy pronto. Se casó ya dos veces y tuvo una hija cuando tenía tan sólo veinte años. En París ha llevado una vida alocada y promiscua. Con mucho sexo, bastante alcohol y algunas drogas. Y con dos cajetillas de Marlboro mentolado por día. Con dieciocho años, la edad que tenía ella cuando fue mi novia, la niña ya apuntaba maneras. Fumaba, bebía y follaba a tope. Y eso avejenta a cualquier mujer prematuramente. Sobre todo si se sigue abusando de todo cuando como ella ya se está parida. Sólo espero no tener que rescatarla algún día del Bois de Vincennes donde dicen que van a parar las putas baratas. La cloaca de la ciudad Lumière, donde acaban los sueños de los ángeles caídos. El encuentro con Alisa no se prolongó por mucho tiempo. Apenas una hora y media porque ella debía volver a la galería de arte donde dijo que trabajaba. Nos tomamos unos vinos y un poco de queso en una brasserie cercana a la iglesia de St. Roc. Treinta euritos del ala que, como es obvio, tuve que apoquinar yo. Porque soy antes caballero que catalán. Y porque la mujer que tenía frente a mí, enmascarada tras unas gafas de sol de Gucci, había sido el enésimo amor eterno de mi vida. Ahora era simplemente una mujer cualquiera a la que apenas conocía ya. Parapetada tras unas enormes gafas de sol que no me dejaron nunca ver sus ojos ambarinos. Que intuía cansados, apagados, sin el brillo de ninguna ilusión. Siempre nos quedará París, que decía Bogart en "Casablanca". Y de hecho hemos acordado una nueva rendez-vous en la misma iglesia de St. Roc para el año que viene. Porque ya me han confirmado que la próxima primavera me quieren ver nuevamente en La Défense. Según parece, mis estudiantes me dieron una muy alta puntuación en la encuesta que pasaron a posteriori para valorar a los profesores visitantes. Supongo que todos ellos quedaron impresionados con mi puesta en escena. En la que incluí el cortometraje surrealista de Buñuel y Dalí “Un chien Andalou”, unos poemas extraídos del Tao-Te-Ching de Lao-Tse, y un vaso de vidrio que tomé prestado de mi hotel y que llené de agua y estrellé contra el suelo. Los estudiantes acabaron por aplaudirme y todo. Al fin de cuentas, el tema que escogí para mis clases, la creatividad, se prestaba a este tipo de shows. Un tema que le venía como anillo al dedo a un tipo como yo. Un tipo sin conocimientos sólidos en nada. Y con una marcada tendencia al histrionismo y a la barraganada. Alguien muy distinto al hiperdiplomado, encorbatado, estirado, eficiente y frío meritócrata al que seguramente estaban acostumbrados a tener como profesor. En un centro universitario elitista y ultramoderno, ubicado en el centro financiero de París, y que parecía un búnker. Con un montón de cámaras y guardias de seguridad por todos lados. Y en donde casi cada puerta debía abrirse mediante una tarjeta de seguridad con un código de barras impreso. Un centro que tenía más alma de cárcel que de institución abierta al saber y a la ciudadanía. Que es lo que pienso que debería ser una universidad. “Ne obliez pas de regarder le ciel!” Les dije al final a mis estudiantes antes de despedirme de ellos. Y aunque yo hable francés como una vache spagnole, creo que me entendieron.

(“Regarde le ciel”. Escrito redactado entre el 8 y el 10 de abril del año 2012)

Historia de la fotografía: Subo una fotografía tomada por mí mismo en París. Con mi funcional camarita de todo a cien. Frente a la entrada del edificio principal de la sacrosanta universidad de La Sorbonne. En el célebre Quartier Latin. En la fotografía aparece un sencillo graffiti que alguien hizo frente al Rectorado de La Sorbonne. Probablemente un nostálgico del mayo del 68. O bien pudiera tratarse también de un estudiante enamorado de alguna de las jeunes-filles empleadas en la prestigiosa librería “Gallimard” .Ubicada en la misma calle de La Sorbonne, a pocos metros de allá. O quizás, quién sabe, fuera una malévola estrategia comercial pergeñada por las tiendas y restaurantes de la zona para atraer a incautos turistas como yo. Y hacerles pagar cinco euros por un bocadillo de “Nutella”. Porque mucho "fromage' y mucho "foie gras". Y mucho Bourdeaux y mucho Dom Pérignon. Y mucho "escargots aux fines herbes" y mucho "côtelette de mouton", pero resulta que al final lo que de verdad les mola a los gabachos es el bocata de Nocilla. Que se anuncia en casi todos los bares, cafés y brasseries parisinos. A entre tres y cinco euros la rebanada. Chaque fou sa marotte.
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